1/12/09

Rutinas de ficción II
(20 de noviembre del 2008)


Hoy me puse el pantalón que piso lo suficiente en los talones como para sentirme cómoda. Me puse la camisa informal que más me gusta y que es más azul que todas. Me peiné sin spray, sin acomodarme el cabello hacia el lado izquierdo. No use polvo, ni maquillaje, ni brillo en los labios. No iba tarde, no iba temprano, no deseaba ahorrar minutos. Llevé mi laptop en la mochila para entretenerme con noticias mientras, ya sé, todos hablan en la oficina sobre hijos, familiares, alumnos, eventos, dinero, responsabilidades, gastos, consumo, noticias. Tomé el primer taxi. Observé sin preocupación el rumbo dual entre el que dudaba el conductor, habría de tomar la ruta insegura o la vía rápida. Pero habría de llegar al lugar donde me define el particular modo de llegar. El tráfico a nuestro alrededor gritaba sordamente nuevas construcciones, calles cerradas, gente con prisa, camino al trabajo, a las escuelas, las plazas en movimiento, los semáforos más lentos, guiadas por el acto de la mecanización, la repetición, la verdadera ausencia de palabras, flores y árboles. En ese momento recordé que desde ayer por la tarde había comenzado a aborrecer una a una las palabras de un falso sol. Era falso lo del vértigo. Era falso su calor. Una libertad comprada al costo de la impersonalización. Si, me sentía traicionada, nueva, diferente, triste, animada. No pude bajar del taxi sin el menor disgusto, así suele pasar en Tijuana. No pude empezar a caminar sin dejar de desear el acostumbrado consumo, de galletas, café y tiempo. Un día más, rutinario, surgiendo, amaneciendo. Buscando el significado de la diplomacia y el devenir.