11/28/08

Un siglo de pensamiento

Conmemoran el centenario del “etnólogo filósofo” francés Claude Lévi-Strauss


París, 27 de noviembre. “Me convertí en antropólogo huyendo de la filosofía”, dijo en cierta ocasión Claude Lévi-Strauss, y sin embargo el etnólogo francés de renombre mundial, quien este viernes cumpliría 100 años, es para muchos más bien un filósofo.

Desde hace más de medio siglo, este hombre discreto se posiciona en los debates culturales actuales. Dotó de un nuevo significado los conceptos de “raza”, “cultura” y “evolución”, y hace décadas que hizo de la diversidad cultural un factor esencial de la cohesión social y de la paz, una teoría que en el contexto de la globalización gana cada vez más relevancia. Por ello, la prensa celebra a este científico como el “etnólogo filósofo” de su época.

También la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), con sede en París, celebra a Lévi- Strauss, “como uno de los grandes intelectuales del siglo XX”.

Una imagen que ya se fue gestando en los años 50 del siglo pasado con la publicación de su bestseller titulado Tristes trópicos”. Un recuento científico que recorre Brasil y que los medios ensalzaron como “gran libro de la sabiduría”. Este compendio de estudios ya alertaba sobre la extinción de culturas “primitivas”, amenazadas por el avance de la civilización. En momentos en el que el término “avance” todavía era una palabra mágica de connotación positiva, el científico se convirtió en un pesimista sobre la cultura y en agorero de los que creían ciegamente en el avance.

Tristes trópicos no sólo fue una crítica a la sociedad. Con este libro también se distanció más de su oficio original, pues después de todo el etnólogo era un “enviado” de esa civilización destructora cuya expansión llega a todos los rincones del planeta.

(Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2008/11/28/index.php?section=cultura&article=a04n1cul)

11/13/08

Rutinas de ficción

I

(09 de mayo del 2008)

No ríe ni deja de sonreír; luego ríe, mira el monitor, mira constantemente el reloj, ignora el teléfono, piensa, me habla, me calla, lee en voz alta, me ignora, me escucha, no pierde un sólo detalle aun cuando no me está mirando. Y no lo puede evitar: es un niño. Me mira por instantes como quien voltea a ver una artesanía turística: “¡pero que zapatos más feos!” Y continua hablando del mismo tema, luego que a sí mismo se interrumpe “Pff, bueno, bueno”. Irrumpe, se levanta, recuerda, gira, toca su rostro, se reclina en la silla de escritorio, se acuerda de sus poetas favoritos, me pregunta si yo conozco ha, si he leído ya, enumera su estante, acaricia algunos libros, pronuncia algunos conceptos, me da algunas claves. “Compermiso” Saca un libro del estante, me lo muestra, otro. Vuelve al monitor, no lo puede creer “Esa noticia está como tu cabello”. Intento hablar, levanta la voz. Todo ha perdido el sentido “Yo no se para qué viniste hoy”. Me reta, dudo, el sabía, sigue.
Y adentro lo observo más profundamente qué el mismo, en una dirección que no ha experimentado nunca; cuerpo, vientre, hombros, piernas, brazos, cabello, botas; meñiques de Minos, lóbulos mágicos y barbilla puntiagudos; como un hombre hecho de sol y trigo, cálido y de aura amarillo, bronce piel como fuego y como viento transparente alma y conciencia, fluido, inmenso; una criatura humedecida por las olas blancas de una playa en Canarias; la obra de un encuentro lúdico en el que la vida lanzó una enorme y fantástica risa en forma de hombre, la lanzó al océano, la arrojó a un vientre y lo hizo parecido a un atlante hace 44 años en España: en el mundo.
El paisaje detrás de él se extiende azul y atardece, tenue y flota, un aire mezclado entre mar y montaña, entre aquello que él mismo ha visto y ha olvidado cada vez que se marcha y se queda, se escapa y regresa, disuelto, absorto, atento, entregado en los libros, la fantasía, el monitor y la puerta que está detrás de mí, detrás de todo visitante, abierta de alegría, abierta e incitante como el abrazo diáfano de su conciencia al percatar la presencia ajena, cualquier mirada o cualquier palabra de quien aparece, engaña, miente, trabaja, pestañea. “Y ellos que piensan que pueden darme con el dedo en la boca”, me decía una vez en secreto como dice tantas cosas que no pertenecen en realidad al mundo privado, pero que él las vuelve confidencias como quien no es amigo de nadie.
Enorme, colosal, ¿habré visto hombre más salvaje? Jamás cruzar el océano y menos venir de todas partes sin perder el acento africano ni el antepasado borgiastico detrás de los protocolos y los cuadros. Hermoso y sutil, autentico y fuerte, alegre, vivo y mágico, sólo puede ser real. “Yo soy escritor” ¿pero que no es antropólogo? (arguyo con risa tonta) “Por eso, es lo mismo”. Hace una pausa de medio segundo: “Yo soy el mejor lector que has conocido”.
Alguien llama, contesta, “sí”, afirma, regresa, lee más. Esta conversación se ha vuelto sobre física “Mi alumna, alumna, ¿en serio las quieres? Y yo que siempre estoy en eso, te pasaré mis lecturas”. Discurre, apura ya que muere de hambre. Parece que no puede parar. Desespera, pero qué foto e hija más linda, parecidos, iguales, lóbulos mágicos, niños, seis meses, preciosos “Eso no me hace gracia eh”, hace un gesto más creíble que los mil anteriores, como quien desea ocultar cuan sensible es todo lo que acaba de escuchar, y cuan cierto es querer huir de Tijuana, a Jalapa o Chiapas, a España. No se vaya maestro. No ¿A dónde? No soy nada (pienso). ¿Usted será mi lector? “Claro, claro”. Mientras me señala la puerta, me pide que lo acompañe, hemos resuelto ya una charla, hemos resuelto ya casi nada, hemos accedido a todo lo que el ha dicho. Se adelanta. Saluda amable a su asistente “Dancística y yepeana”. Reímos.
Aun lo miro profundamente en mi mente. Le sigo y me sorprendo como quien admira a un hombre. Me pregunto quién es, quién es. Bajamos entreconversando las escaleras. Me siento orgullosa en ese pequeño tramo. Distraído y atento, tiene todo pensado y resuelto, el ya sabía que… el sabe que… Llegamos al vestíbulo, salimos del edificio. Ingenuo y distante, me despide, cálido y amable, sin haberme dado la más mínima trascendencia, sin haberme desatendido más. Feliz, lo miro alejarse y perderse en la construcción caprichosa de este día y estas ansias. “Es verdad, eso es cierto”, repito para mi sus palabras y algunos nombres al azar.

II.

(30 de noviembre del 2008)

Hoy una amiga me dijo que no tiene tiempo para juntar fragmentos. Fragmentos semejantes al oficio del historiador, el etnólogo e incluso el filósofo. Ella, tiene tiempo para la totalidad, para transformar la carencia en una experiencia social de ventaja. Quiere encontrar la forma de un nuevo estilo, un nuevo llamamiento, una nueva textura.
En otra circunstancia que no fuera la mía y menos éste rato, le diría a mi amiga, tal como lo hice, que tiene mucha razón. Una ventaja que me hace admirarla. Así como a ella me conmueve tanto que existan personas convencidas de la belleza de la diversidad, la aventura, el viaje y la otredad. Pero así como yo soy me lastima a veces pensar tanto. Un sentimiento intermedio en el que mis aficiones siguen; tal como el recuerdo lejano de cuando niña salía a buscar piedras hermosas para coleccionarlas en el patio de mi casa. Era mi forma de ser arqueóloga, pirata o buscatesoros. La forma justificada de asesinar a una rana, lisiar a una viborilla o contaminar un rio. Aunque ahora observo a ratos, ratos pegados con la conciencia ida en un par de páginas y a veces nada: mejor es decir que sigo actuando por semejanzas.
Sí, tengo también algunos maestros, algunos mentores, y algo que aun me dice ¿qué acaso una piedra no es un libro? ¿O si algunos libros no brillan como las piedras ante el sol ni tienen tanto peso que mi madre me ha vuelto a pedir su espacio como cuando era niña me pedía que limpiara el patio? Yo no sé que más quiera mi amiga pero sé que a veces le gustan los poemas, los cuentos y las cartas que aquí le dejo. Y sé que sigue, como chiquilla, toda pista que se llame juego.
Caos
Hombre
Risa
Sol