Cuando éramos niños mi hermano solía tener todas las respuestas a mis preguntas sobre cualquier tema, principalmente de la biosfera, el universo y el lenguaje. A mi me contagió de fantasía al darme explicaciones arbitrarias para hechos vitales. Sus mentiras fueron significativas. Tanto que si me hubiera dicho la verdad en lugar de inventarse toda una sarta de cosas para dejarme boquiabierta, probablemente no hubiera tomando con asombro la primera vez que vi las estrellas en el cielo, su nombre en la patineta amarilla, o su regreso después de un tiempo lejos. Sus silencios lo borraron muchas veces, se escondía, era un mago, tenía secretos. Me enseñó a presenciar lo ausente.
Curiosamente terminó siendo arquitecto. A lo largo de su vida, seguramente construirá muchas casas, edificios, maquetas, planos, continuará con ese hábito de escribir, trazar, decorar el espacio blanco. De estructurar sólidos en las conciencias.
Yo terminé siendo filósofa. Nunca estuve segura ni de mis deseos, mucho menos de otro tiempo que no fuera el momento. (Y ) Creo que seguiré siendo un espacio errante.