A todos los pequeños sabios y sabias:
El sabio está siempre al inicio de los proyectos humanos, pero no se encuentra al final. Por eso, cuando una sociedad está a punto de entrar a un nuevo ciclo de vida es posible darse cuenta si observamos el lugar del sabio dentro de la misma.
La función del sabio es trasmitir conocimientos, cultura, costumbres. Este conocimiento es transformado por la sociedad en práctica; la práctica se perfecciona y después el sabio ya no es necesario pues los procesos se agilizan, se perfeccionan, se simplifican, se facilitan. Incluso, es posible saberlo todo sin haber escuchado jamás la fuente. En el final, sin el sabio, las cosas, los procesos, los eventos se han transformado tanto por la causalidad y las acciones humanas que nadie puede comprender cómo se llegó a ese punto, quizás alguien podría tener un recuerdo, pero la celebración siempre irá orientada a festejar el resultado, la recompensa.
Aunque los proyectos tengan buen término, la humanidad requiere nuevas ideas, nuevas empresas; en contraste, el sabio se rezaga en el conocimiento práctico, pues no transforma su información en práctica, se rezaga en la teoría, en lo ideal, en el pensamiento.
Eso es lo que le ha pasado al brujo, al filósofo y en general, a todos los que creen saber mucho. El sabio es una figura que se desdibuja con la praxis y el funcionalismo que él mismo le regala a las masas.