Un profesor muy querido, hace algunos días me comentó que “comienzo a hablar como científica social”. No supe que responderle, sin embargo lo hice atropelladamente y sin pensar, sólo por darle una respuesta. Tiempo después, pienso que a eso de hablar se debe todo mi silencio. También pensé que él tomaría por evidencia el haber contestado sin argumentar. Antes podía haber dicho “no sé”, y él me hubiera dicho “no te escondas en esas dos palabras”. Lo cual quiere decir que él también habla como científico social, desde hace tiempo, para todo tiene un comentario y lecturas secretas.
Pareciera pues que las ciencias sociales son ineludibles, no hay modo de sacarles la vuelta. En cambio, ellos piensan que es más fácil ignorar la filosofía. ¿Qué lo hace sencillo o que lo hace imposible? Mi amiga K. diría que la única diferencia es el abismo, el nivel de profundidad. Eso ya me parece bastante. He visto pocas veces que un científico social se acerque a la filosofía, y cuando lo hace es un desastre o una especie de arqueólogo ilegal. En cambio, muchos filósofos se van, como extranjeros con un costal de papas por el desierto, o como diplomáticos que aprenden a ceder. Irse es aprender nuevas lenguas, adaptarse, ser otro, arraigarse. Mientras que para el científico social el viaje es un picnic.
No me ofendió lo que me dijo mi profesor de ontología y posmodernismo, aunque lo he pensado varias veces. Me siento orgullosa de haber sido su alumna mientras el estudiaba su especialidad en psicología.