Ya no añoro al Pegaso blanco, ni a la niña de mar. Ya no sé el futuro. Sueño. Vuelo. Muero. Devengo. Caigo. Despierto. Tampoco amo a perpetuidad. Y tengo tanto frío en los pies, que los olvidé cuando ellos me olvidaban en los ojos de un pez. Tengo tanta nada que me recordé adentro, por las ramas de un durazno, que tiene de corazón una mujer. Comienzo a creer que nada es cierto: me quiero perder por el sol como Dédalo y regresar como Sisifo. Comienzo a creer que no extrañaré los jardines del laberinto. Me quiero lanzar a una mañana tibia, a la maya que aun sueña Ariadna...